Durante los primeros siglos de la cristiandad la creencia de los fieles en una vida
eterna con posterioridad a la muerte los hace defenderla práctica de la
inhumación frente a la más extendida en la Roma imperial de la cremación. En
ese contexto, los miembros de las familias que se lo pueden permitir, encargan
sarcófagos que manifiesten su fe al mismo tiempo que ponen de relieve la
calidad del difunto.
La iconografía de estos sarcófagos
evoluciona desde los criptocristianos
del siglo III, hasta los realizados en
los talleres regionales del siglo V, después de la caída de Roma. En los
realizados en los primeros tiempos para los creyentes de una fe y una iglesia
clandestinas, aparece el motivo recurrente del Buen Pastor como representación
metafórica de Cristo, salvador del rebaño, siendo éste símbolo de los
creyentes. Este motivo va inscrito entre las representaciones del paganismo
clásico que realizan los talleres romanos.
Ya en los siglos IV y V, sobre todo a
partir del acceso a la libre expresión de la Iglesia y su protección oficial tras el
Edicto de Milán (313), aparecen los temas que se van a manifestar
reiterativamente en los sarcófagos de las familias poderosas que se han
convertido al cristianismo. La representación iconográfica pone de manifiesto
su carácter funerario y la esperanza en la resurrección. Una sucesión de
escenas del Antiguo y Nuevo Testamento presentan diferentes motivos que son
símbolos de los principios de su fe y esperanza de la salvación, y del ciclo de
muerte y resurrección.
Pero quizás es más sencillo conocer una oración que se rezaba por los moribundos en la Iglesia de Antioquía y fue conocida en Roma, para identificar cuáles son los motivos que con más persistencia se van a utilizar:
"Padre, libra su alma, como salvaste a Noé del diluvio, a Isaac de las manos de Abraham, a Jonás del monstruo marino, a Daniel del foso de los leones, a los tres jóvenes hebreos del horno, a Susana de los viejos. Tú, también, Hijo de Dios, salva su alma, tú que abriste los ojos al ciego de nacimiento, curaste al paralítico, resucitaste a Lázaro..."
Temas como la epifanía, los milagros
de las bodas de Caná o la curación del paralítico, ponen de manifiesto la divinidad de Cristo y
su capacidad para el perdón del pecado, representado por las escenas en que
aparecen Ada y Eva o la negación de San Pedro. La necesidad de la obediencia a
Dios se pone en evidencia con temas como
el sacrificio de Isaac o la esposa de Lot convertida en estatua de sal. Dar
testimonio de su fe está en la representación de la persecución de Pedro y Pablo,
príncipes de la Iglesia, que rememora la pasión de Cristo. Un cristo que
simboliza el triunfo de la Fe en las imágenes de la entrada en Jerusalén
Como se decía al principio, para los
cristianos la muerte no era definitiva. Los leones que representan esta muerte
eterna, están reservados a los que viven fuera de la Fe. La representación del
profeta Daniel en el foso de los leones, podría tener este significado,
mientras que la muerte y resurrección estaría simbolizadas en escenas como la
resurrección de Lázaro, el ciclo de Jonás o el propio Daniel.

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